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miércoles, 21 de octubre de 2009

17 – Los tres meses en los que Don Damián fue inmortal y las increíbles aventuras que vivió en aquellos días – Capítulo III


> Leer capítulo 1


Es bien sabido que la humildad es una virtud muy escasa en este mundo. La vanidad y el orgullo han corrompido el alma de la gente por los siglos de los siglos, convirtiendo nuestro planeta en lo que ahora es, un lugar inhóspito y peligroso para las personas de buen corazón. Por ello, fue para mí una gran alegría ver una muestra de esa sabia humildad en Don Damián al pedirme que yo realizara en su nombre la primera de sus importantes tareas, la de escribir un libro. Y se muy bien que no lo hizo por pereza, mi patrón hubiera sido perfectamente capaz de vivir sus aventuras y escribirlas a un tiempo, sino que en su magnanimidad prefirió concederme ese honor, y así todos los días, mientras el dormía su acostumbrada siesta, me permitía sentarme a su lado y narrar en estas páginas sus últimas hazañas. En estos momentos, mientras paso a limpio mis apuntes, me viene otra vez el espíritu intrépido de aquel día en el que mi patrón se dispuso a llevar a cabo la primera de sus tareas, dejando un regalo en forma de árbol para las futuras generaciones.
La primera opción fue irnos a algún bosque cercano para dejar que nuestro árbol viviera con sus congéneres, cosa por otro lado muy adecuada ya que en un futuro este bosque, una vez que el mundo conociera las hazañas de mi patrón, seguramente pasaría a nombrarse bosque de Don Damián en honor a los múltiples trabajos y aventuras que se disponía a realizar y que asombrarían al mundo. Por desgracia, una vez allí, el extremo pánico que le producía la naturaleza le impidió siquiera bajar del coche, así que no tuvimos otra opción que volver a la ciudad y buscar un lugar verde, pero tampoco excesivamente verde, que nos permitiera llevar a cabo nuestro plan.
El cielo estaba oscuro y cubierto de unas espesas nubes, amenazaba lluvia, pero eso no nos amilanó, si algo he aprendido de Don Damián es que cada hombre debe enfrentarse a su destino sin importarle cualquier impedimento sobrevenido. Así que, armados de palas y con un una maceta de morera al hombro nos dirigimos a un parque cercano. Allí encontramos un pequeño parterre cubierto de césped y despejado de árboles, y mi patrón decidió que ese sería un lugar ideal para que su árbol destacara del resto. Una vez elegido el sitio adecuado y dispuestos a comenzar nuestro trabajo, empezaron a surgir los problemas. Nada más fijar la vista en el césped, mi patrón creyó ver algo moverse entre sus pies, de un salto se encaramó a lo alto de una farola y no consintió en bajar hasta que hube inspeccionado la zona palmo a palmo. Era una superficie pequeña, apenas diez metros cuadrados, pero, siguiendo las instrucciones de Don Damián, tuve que revisar cada brizna y debajo de cada hoja hasta asegurarme de que ningún insecto venenoso se encontraba allí. En la hora y media que duró mi búsqueda de animales peligrosos, durante la cual mi patrón se encontraba colgado a dos metros de altura y lanzando gritos de agonía, se fue formando un molesto grupo de curiosos alrededor, los cuales, intrigados y divertidos, comentaban la escena y se reían de mi pobre jefe. Mi patrón, estoico, aguantó las burlas de los ignorantes, demostrando un dominio de si mismo impropio de la gente normal, y cuando terminé mi inspección, bajó de un grácil salto que asombró a la muchedumbre.
Parecía que ya nada podía fallar, pero los dioses, que tantas veces han mostrado su envidia de las cualidades de los hombres verdaderamente grandes, decidieron enviarle a mi patrón un nuevo problema en forma de vigilante de estacionamiento. Este grotesco ser, debió sentir curiosidad por el gentío que nos rodeaba, y decidió dejar de poner multas por un rato para ver que ocurría.
Antes de narrar lo que aconteció en ese momento, debo hablar más largamente sobre aquel extraño personaje, quizá el más peligroso de todos los adversarios a los que Don Damián se enfrentó jamás. El vigilante de estacionamiento es una persona imbuida de un poder inmenso, ya que, además de su potestad de poner multas o incluso despojarte del coche, puede discutir con cualquier ciudadano sobre cualquier tema de urbanidad o civismo o leyes y siempre, sin ninguna salvedad, tendrá la razón en todo lo que diga. Esta cualidad debió ser implantada en sus genes desde su más tierna infancia, ya que nunca se ha conocido de uno que diera su brazo a torcer en discusión alguna. Esta característica hizo que el enfrentamiento que se produjo al encontrarse con mi patrón, dotado este de una perspicacia y clarividencia impropias del común de los mortales, desembocara en un momento épico que ninguno de los presentes podrá olvidar jamás.
La aproximación fue furtiva, mientras mi patrón y yo nos encontrábamos cavando el hoyo para plantar nuestro árbol, el vigilante se acercó por detrás, y con una voz suave nos preguntó nuestras intenciones. Don Damián, en su infinita paciencia, le explicó nuestra tarea y como íbamos a llevarla a cabo. Aunque pareció quedarse complacido con la respuesta, en realidad nuestro adversario recapacitaba sobre la mejor manera de imponer su voluntad a la de mi patrón, así que unos segundos después mostró su verdadera cara.

- ¿No sabe usted que lo que está haciendo está expresamente prohibido por las ordenanzas municipales? -dijo el vigilante.
- No creo haber aparcado en zona azul, caballero –respondió brillantemente mi patrón.
- Esto no tiene que ver con su coche, está totalmente prohibido destrozar o alterar el patrimonio de la ciudad.
- ¿Y? –preguntó Don Damián.
- Pues que es exactamente lo que usted está haciendo.
- ¿Sabía usted que la palabra patrimonio viene del latín?, es un derivado de "Patri onium", es decir lo recibido por el padre o pater, y se le define como un conjunto de cosas corporales que se transmitían de generación a generación. Se de buena tinta que este pequeño parterre lo terminaron de hacer la semana pasada, así que dudo mucho que sea un legado de generaciones anteriores.

La magnífica réplica de Don Damián dejó perplejo al vigilante de aparcamiento, y le hizo comprender que no se enfrentaba a un ignorante ciudadano cualquiera, eso le preocupó, pero no le hizo desistir, así que después de unos segundos para recomponer su discurso volvió a la carga.

- Tanto da lo que dijeran los griegos en la antigüedad…
- Los romanos –le interrumpió mi patrón.
- Bueno, los romanos, que más da…
- Pero como va a dar igual, caballero. –volvió a interrumpirle Don Damián- Sepa usted, caballero, que los griegos vivían en Grecia, hablaban griego y sus gentes se organizaban en ciudades estado independientes, por otro lado los romanos vivían en Roma, hablaban latín y se organizaban…
- Me importa un pito lo que hicieran los romanos. –Interrumpió esta vez el vigilante- Usted no puede hacer lo que pretende porque está prohibido y punto.
- Vamos a ver, cedamos los dos ante la lógica, ¿Qué es lo que esta prohibido exactamente?
- Pues estropear o modificar la propiedad pública.
- Bueno, pues al margen de que la propiedad pública, como su propio nombre indica, es para el público, en ningún caso estoy estropeando o modificando nada.
- ¿Cómo que no?, está cavando en el césped.
- Eso no es cierto, yo no estoy cavando, eso solo es parte del proceso, yo estoy plantando un árbol.
- ¿Y acaso eso no es modificar esta propiedad?
- En absoluto.
- ¿Cómo que no? –dijo el vigilante cada vez mas asombrado por la inteligencia de su contendiente.
- Claro que no, esto es un jardín ¿verdad?, y como cualquier otro jardín es susceptible de ser sembrado con una semilla que…, por ejemplo arrastre el viento, ¿no?
- Pues si, pero…
- Pero nada, yo estoy haciendo lo mismo que el viento, adornar con un precioso árbol este triste trozo de tierra.
- Ya, pero el viento es un elemento de la naturaleza, como la lluvia o el sol, contra eso no se puede legislar, pero si con lo que hacen las personas.
- ¿Y acaso yo como animal, inteligente si pero animal al fin y al cabo, no pertenezco a la naturaleza?, ¿si viniera una ardilla y cagara una semilla en este jardín la detendría acaso?
- Pues, no, pero…
- Pues por la misma razón yo, que por supuesto no estoy dispuesto a enseñar las posaderas en público, tengo el mismo derecho que esa ardilla a…
- Bueno, basta ya. Le ordeno que cese en su actitud o me veré obligado a…
- ¿A que?, ¿a ponerme una multa por aparcar mal mi árbol?

El gentío que se apiñaba alrededor prorrumpió en risas, avergonzando al vigilante y provocando que las venas de su despejada frente empezaran a palpitar.

- Esto ya se va a terminar, váyanse ahora mismo o me veré obligado a llamar a la autoridad.
- Ya me parecía a mi que usted mucha autoridad no demostraba –replicó Don Damián, volviendo a arrancar las risas de los presentes.

El vigilante de aparcamiento se fue refunfuñando y nosotros pudimos volver a nuestra faena.

El proceso fue harto complicado, nada más irse nuestra molesta compañía, apareció de improviso una lluvia fina que, aunque alejó a los curiosos dándonos más intimidad en tan especial momento, también caló el parterre y lo convirtió en minutos en un barrizal. Mi patrón, intentando olvidar el asco que le daba tanto la lluvia como pisar tierra mojada, sostenía el arbolito, mientras yo lo colocaba en el oportuno hueco, pero cuando el aguacero arreció, los espasmos corporales con los que se defendía de las gotas de agua volvieron imposible la tarea. A cada respingo de Don Damián seguía la caída de un puñado de hojas, y como estos eran rápidos y continuados, antes de lograr colocarlo en su sitio, el árbol quedó tan pelado como la cabeza de mi madre, que en paz descanse. Así que, cuando por fin quedó plantada, la maldita morera más bien parecía un triste gusano medio retorcido. Mi patrón y yo, guarecidos bajo un paraguas, nos quedamos mirando en silencio el pobre resultado de nuestro esfuerzo. Yo estaba muy decaído, y apunto estuve de ponerme a llorar, pero Don Damián, agarrando fuertemente mi hombro, me dijo al oído: “No te preocupes amigo mío, ese árbol vivirá, crecerá y se volverá fuerte y robusto, y dentro de muchos años, cuando ya seas un anciano, podrás traer a tus nietos a este mismo lugar y hablarles de mí bajo la amplia sombra que dará nuestra morera.”
Fueron unas palabras preciosas, si señor, dulces y reconfortantes, lástima que no llegara nunca a cumplirse su predicción. Una vez más, como a un moderno Sísifo, se le volvió a caer la roca nada más subirla a la montaña, y así, cuando disfrutábamos de nuestro triunfo, exiguo quizá, pero triunfo al fin, la fría sonrisa del vigilante de estacionamiento apareció en escena.

- Bueno, veo que no han acatado mis órdenes –dijo el ladino.
- Por supuesto que no. Mi compañero y yo solo obedecemos las órdenes de la razón y la lógica.
- ¿Ve usted agente?, es un delincuente muy escurridizo –indicó el vigilante a un guardia civil que traía agarrado del brazo.
- Primero suélteme usted, ¡Narices! Mira que es usted pesado, todos los días dándome la vara con esto y con lo otro. A ver, ¿Qué cojones pasa aquí?

El guardia civil, después de imponer orden con sus gritos, dedicó a Don Damián una mirada de enojo, y mi patrón, después de observarle atentamente, dedujo enseguida que nada podría hacer para razonar con aquel personaje.

- Vamos a dejar las cosas claritas -añadió el guardia-, me estoy calando con la lluvia, hoy he tenido un día muy jodido, y no me gusta nada que me toquen los cojones por tonterías.
- Nada más lejos de mi voluntad que el manipular sus testículos, caballero. Aquí, mi amigo y yo sólo intentábamos plantar un árbol en este jardincito vacío y olvidado.
- ¿Lo ve capitán?, ¿lo ve? Es muy escurridizo –le dijo el vigilante al oído.
- ¡Déjeme usted en paz la oreja! Si yo fuera capitán iba a aguantar sus tonterías su padre. ¡Me cago en mi vida! Vamos a ver, ¿todo este follón es por esa mierda que hay ahí plantada? –preguntó el guardia señalando lo que quedaba en pié de la morera.
- Exactamente, oficial. Estos individuos, saltándose las ordenanzas municipales, y aunque yo personalmente se lo había prohibido, han destrozado la propiedad pública y además….
- Vale, vale, vale, ya me lo ha contado veinte veces de camino –le interrumpió el guardia- ¿y se puede saber por qué han elegido ustedes este barrio para venir a tocarme los cojones con su arbolito?
- Le repito que en nuestro ánimo nunca ha estado el palpar sus genitales. Solo elegimos este trozo de jardín porque estaba vacío, y un árbol lo alegraría. Nunca, en ningún caso, pensamos en agraviarle con nuestras manos en sus órganos, eso no sería razonable ni decente.
- ¿Ve sargento?, se va por las ramas y no acata, no acata. Este hombre no cumple con la ley. Debe usted hacer algo.
- Ay, Dios mío, y acabo de empezar mi turno –se lamentó el guardia.

El guardia civil suspiró, se frotó los ojos con sus rechonchas manos, volvió a suspirar y mirando a mi patrón añadió con desgana:

- ¿Y no se han parado ustedes a pensar que igual este jardín está así de vació porque el jardinero ha decidido que así debe de ser?
- Por supuesto, pero si la estupidez o la incompetencia de un servidor público determina que una cosa esté mal cuando debe de estar bien, cualquier ciudadano en su sano juicio tiene la obligación de subsanar el error.
- Vamos a ver, veo que esto va a ser largo, les advierto que tengo mucha paciencia, pero no es infinita. ¿Por qué no cogen su árbol y se van a plantarlo a otra parte?, probablemente tengan más suerte y no les vea ningún cotilla, y si no es así, por lo menos le tocarán los cojones a otro que no sea yo.
- No señor, esa no es solución. El acto que han realizado es ilegal, y su deber es impedírselo o incluso detenerles por vandalismo, y añado que su velada alusión a mi persona llamándome cotilla no es en ningún modo correcta, y aún más, puede ser motivo de sanción si doy parte a sus superiores y…
- En la primera parte estoy de acuerdo con el cotilla –interrumpió Don Damián con una sonrisa-, desde luego no es solución llevarnos el árbol. Si arrancamos sus raíces del suelo, el pobrecito podría morir, y para nada habría servido nuestro trabajo. Además, estoy seguro de que el jardinero se alegrará grandemente cuando vea nuestro árbol adornando su jardín. Nadie en su sano juicio desdeñaría la belleza y harmonía que proporciona la naturaleza.

Para no aburrirle, querido lector, con el largo desarrollo de la discusión, le indicaré que durante aproximadamente una hora, mi patrón y el ruin vigilante de aparcamiento se enzarzaron en una disputa dialéctica extremadamente violenta, aunque brillante y verdaderamente estimulante. En sus alegatos, Don Damián informó a los presentes de lo dura que es la lucha en la naturaleza y lo difícil que lo tienen los distintos seres que la componen por sobrevivir, habló también de la injusticia que sería el quitar la posibilidad a las generaciones venideras de disfrutar de tan bello ejemplar de morera, y discutió firmemente por el derecho de todo hombre a mejorar su entorno en la medida de sus posibilidades, y siempre y cuando mantuviera uno el orden geográfico establecido (esto último no he logrado descifrar que significa, pero debe ser muy importante, ya que hizo gran hincapié en ello). Por su parte, el astuto vigilante enumeró las ciento cincuenta ordenanzas que, según él, habíamos violado, así como otras treinta que a su vez estaba quebrantando el guardia civil al no intervenir de manera inmediata y prestarle su ayuda.
Cada vez que el agente de la ley intentaba integrarse en la discusión, el vigilante o mi patrón cambiaban el rumbo de la misma, llevándola a vericuetos más y más enrevesados, y por supuesto, fuera del corto alcance de sus entendederas. Este, frustrado y envidioso de tan grandes y privilegiados cerebros, fue alterándose más y más, hasta acabar explotando. Con la mirada vidriosa y su cara hincada y encarnada como el culo de un mandril, dijo a voz en grito:

- ¿ Y no podría ser que el pobre jardinero encargado de este trozo de tierra, tenga en su casa una foca de mujer, un cuñado gorrón y una bruja de suegra que le hacen la vida imposible, se quejan siempre por todo y convierten sus días en una miseria continua, y luego va a trabajar y su superior, que es veinte años más joven y además es idiota, le manda a hacer los trabajos más estúpidos, y acaba teniendo que aguantar todos los días pirados como ustedes dos, o chivatos como el imbécil de la gorra, y se levanta cada mañana pensando en la gran mierda en la que se ha convertido su vida y las ganas que le entran de subirse a un campanario, coger su arma reglamentaria y liarse a tiros contra todo bicho viviente, para acabar saltándose la tapa de los sesos?, ¿no creen que podría ser?, ¿y si así fuera, creen que un jodido y escuchimizado árbol de mierda serviría para animarle lo más mínimo? ¡No!, cada vez que viera un jodido y escuchimizado árbol de mierda como el suyo lo tiraría abajo a patadas, le prendería fuego y luego cagaría en sus cenizas, porque ese pobre desgraciado no querría ver nada bonito cuando fuera a trabajar, porque ver algo hermoso le recordaría que en su vida no hay absolutamente nada parecido, solo mierda, mierda y gente decidida a tocarle los cojones. Exactamente igual a mi mierda de vida y a vosotros, tocacojones, que aguantaros es peor que un dolor de fimosis. En otros tiempos os habría fusilado a los tres por menos que esto.

El guardia civil interrumpió su alegato y comenzó a llorar como un niño. Así estuvo durante un buen rato, llorando y escurriéndose despacito hasta acabar sentado en el suelo. La brillante e intelectual discusión que había presenciado fue seguramente más intensa de lo que podía soportar su débil razonamiento, y ante tan grandes contendientes no pudo más que rendirse.
Cuando el vigilante intentó que se levantara, el pobre hombre, hundido y desesperado, cogió su pistola y la apuntó hacia sus ojos.

- Ni se te ocurra volver a hablarme. Si lo haces te vuelo la cabeza. Iros de aquí, largo de aquí todo el mundo. Cuando consiga levantarme al que vea cerca le pego un tiro. La vida es una gran mierda, y vosotros no sois más que las moscas que revolotean a su alrededor. Si os vuelvo a ver os espantaré a balazos.

Como desgraciadamente la razón y la lógica no tenían cabida ya en ese lugar, mi patrón y yo decidimos huir, y no paramos de correr hasta llegar a su hotel.
Esa noche mi patrón no volvió a abrir la boca. Cuando lo metí en la cama y le dí su tazón de leche aún temblaba como un niño, y después, cuando al fin consiguió dormirse, le escuché llorar en sueños y repetir una y otra vez “eso no ha sido nada lógico” y “el árbol mantenía un orden geográfico establecido” (esto último, como ya comenté, sigo sin saber que significa).

A modo de epílogo de este capítulo, añadiré que nada más volvimos a saber de aquel guardia civil, en cambio, desgraciadamente si que tuvimos que enfrentarnos en posteriores ocasiones al vigilante de aparcamiento, y en cuanto a nuestra pobre morera, al día siguiente, y con no poco miedo en el cuerpo por si acababa con una bala entre ceja y ceja, me acerqué a aquel funesto jardín, y en el lugar donde, con tanto trabajo, conseguimos plantar nuestro árbol encontré un puñado de cenizas, un tricornio y una gran mierda encima.


Héctor Gomis
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jueves, 13 de agosto de 2009

8 - Los tres meses en los que Don Damián fue inmortal y las increíbles aventuras que vivió en aquellos días – Capítulo II



> Leer capítulo 1


El valor de un hombre se muestra en su capacidad de vencer las adversidades y enfrentar los problemas con buen ánimo y disposición. Es por ello que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que no he conocido ni conoceré en mi vida a hombre de más valía que mi patrón. Si bien no llegó a alcanzar todas las metas que se propuso en vida, indudablemente se enfrentó a los mayores peligros que se pudieran imaginar, y lo hizo con arrojo y osadía. Es por eso que no hay que tenerle en cuenta los breves periodos de decaimiento de espíritu que experimentó en ocasiones, ya que es una ardua tarea imponer la voluntad de un hombre inteligente y valeroso ante la ignorancia reinante de este mundo. Con todo esto quiero manifestar, para que no quede duda alguna, que la repentina depresión que se cernió sobre mi patrón después del accidentado episodio del lupanar fue algo normal dada la carga que llevaba a sus espaldas, y que ni los continuos lloriqueos, ni las horas que pasó en posición fetal llamando a su madre a gritos, ni los tres intentos de suicidio con sobredosis de ginseng y rosa mosqueta llegaron a quebrar mi confianza y admiración por Don Damián.
Tres días después del infausto incidente con aquellas desgraciadas, mi patrón volvió a la normalidad. Para celebrarlo fuimos a desayunar a una bonita cafetería del barrio, donde, según decía Don Damián, tenían los cubiertos más asépticos de la ciudad. Tuvimos que esperar unos minutos, hasta que un grupo de monjas acabaron sus cafés y se marcharon. Una vez el local quedó despejado, pudimos sentarnos sin temor a que Don Damián sufriera uno de sus ataques de pánico religioso. Este profundo temor arraigado en su mente hacía que temblara nada más ver a un cura o una monja, sobre todo si sentía que había pecado últimamente y no se había confesado como era de rigor. Tenía la certeza de que cualquier miembro de la iglesia católica poseía el poder de adentrarse en su alma y descubrir sus pecados con solo mirarle a los ojos, y después de su estancia en el puticlub, la vergüenza y el miedo a exponer su suciedad ante esa santa presencia fueron más fuertes que él.
Mi patrón estaba decaído, su frustrado intento de mantener relaciones sexuales por primera vez le había generado dudas sobre el éxito de su plan vital. Yo, como es fácil de entender, no podía permitir que Don Damián desistiera tan fácilmente, es bien sabido que todo gran hombre, para lograr el éxito en sus proyectos, necesita el apoyo de otras personas que, aunque menos notables, sean fieles aliados y apoyo en sus horas bajas. Por todo lo anterior, dediqué la mañana a animarle y sonsacarle de paso más información acerca de su empresa. Después de no pocos esfuerzos, logré que mi patrón esbozara una sonrisa y, acto seguido, me expusiera sus propósitos.
El plan de mi Don Damián era simple, aunque genial en su simpleza, producto, sin duda, de una mente clarividente y perspicaz. Según mi patrón, todo hombre tenía que realizar en su vida seis tareas para sentirse realizado. Las tres sabidas por todo el mundo, escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo, y tres más que yo desconocía, cazar un león, subir en globo y dar por culo a alguien.
Ante mi asombro por las tres últimas tareas, Don Damián tuvo la deferencia de explicarme cada punto de la manera más llana posible. Esa explicación fue probablemente la exposición más inteligente y hermosa que escuchado de labios algunos. Para que no se perdiera su belleza por una torpe interpretación del narrador, le rogué que lo repitiera para transcribirlo de manera exacta. Estas que vienen a continuación fueron sus palabras tal cual me las dijo en aquella cafetería:

“La explicación de mi plan es muy sencilla. Debo hacer en los tres meses que dure mi inmortalidad lo que una persona normal tardaría toda una vida en realizar, las seis tareas imprescindibles para que uno se sienta realizado, a saber: Escribir un libro, este trabajo es imprescindible para dejar memoria de mis actos para la posteridad, y ante la falta de tiempo para realizarlo, decidí llamarte a ti, amigo mío, para que detallaras de manera fiel mis aventuras de estos tres meses, plantar un árbol será un regalo mío para las generaciones venideras y hará posible un lugar donde puedan recordarme, tener un hijo hará que mis genes se transmitan y así cumpliré con la obligación de perpetuar la especie, tristemente no podré ver en resultado de mi engendramiento, pero cuento contigo para que hables de mí a ese futuro ser, cazar un león será un acto de valentía increíble, cosa imprescindible para todo gran hombre, además será una muestra de la superioridad de nuestra especie ante el más terrible depredador de tierra firme, subir en globo me dará una nueva perspectiva sobre la vida, elevarse despacito cientos de metros y ver como las casas y las gentes se van reduciendo poco a poco, me harán comprender mi verdadera transcendencia, por último está la que quizá es la más chocante de las tres, dar por culo a alguien, de esta no tengo una explicación clara a su por qué, pero siempre he tenido esa ilusión y no quiero irme de este planeta sin probarlo.”

Cada vez que vuelvo a leer sus palabras, noto en mi pecho una punzada de dolor. Recordar aquel feliz día, en el que Don Damián me expuso sus planes, me emociona grandemente, y a la vez me sume en una inmensa pena. Pensar que los tiempos de aventuras se terminaron junto con mi patrón es muy duro. Fue una época difícil, con innumerables fatigas y problemas, pero el mero hecho de estar a su lado y ver como se enfrentaba a las dificultades con la mirada serena y el temple de acero, me infundía un valor desconocido, logrando sacar de mi pobre persona un ser esforzado y bravo como nunca después se ha visto. En fin, debo recobrar mi ánimo, seguro que deseará conocer como continúa la historia y no debo interrumpirla con mis tontas cavilaciones. Ruego me disculpe, querido lector, solo tendrá que esperar lo que dura un suspiro, lo que tarde en prepararme una tila y recomponer mi espíritu, y podrá maravillarse con lo aconteció en la primera tarea de Don Damián.


>Leer capítulo 3


Héctor Gomis
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jueves, 23 de julio de 2009

5 – Los tres meses en los que Don Damián fue inmortal y las increíbles aventuras que vivió en aquellos días – Capítulo I


Se llamaba Javier, pero a los 35 años decidió llamarse Don Damián.
Don Damián, mientras fue Javier era bastante apocado y cobarde. Toda su vida, hasta el cambio de nombre, la pasó evitando riesgos innecesarios y labrándose un futuro seguro y confortable. Nunca probó el alcohol, ni el tabaco, y por supuesto, ningún tipo de droga mancilló su cuerpo. Una vez cayó en la tentación del sexo, pero decidió que, aunque en compañía era más placentero, consigo mismo era infinitamente más sencillo y menos problemático. Siguiendo esta doctrina, siempre se mostró completamente reacio a la compañía de mujeres, exceptuando a las consanguíneas.
Sus diversiones durante esos años fueron variadas e igual de excitantes que él. Probó el deporte, pero lo dejó por el riesgo de lesiones o, peor aún, de infartos de miocardio. Así que lo cambio por una dieta baja en sales, grasas, azucares, especias, lácteos, y cualquier cosa que pudiera dar sabor a la comida, y así convertirla en una peligrosa bomba de relojería vascular. Intentó también adentrarse en el mundo de la construcción de maquetas, pero se quedó atónito al descubrir la ingente cantidad de productos tóxicos que contenían las pinturas y pegamentos, así que desechó también este divertimento.
Después de mucho indagar descubrió dos actividades que le podrían entretener sin exponer su sagrado cuerpo a los peligros del mundo exterior: la papiroflexia y la alfarería. La primera, siempre y cuando evitara el uso de tijeras, era una opción estimulante y necesaria para el desarrollo de su mente. El segundo pasatiempo, bien resguardado con una mascarilla y guantes, haría que su mente volara en un mundo de fantasía.
Así pasó sus años de juventud, evitando todos los peligros que la vida le podía ofrecer, y ahorrando todo lo posible para ingresarlo en su plan de pensiones y así prepararse una plácida vejez.
El diez de Abril de 1996 Javier volvió del médico muy decaído. En su quinta revisión anual el médico le dio una noticia funesta. Javier tenía una extraña, incurable y terminal enfermedad. No llegó a enterarse bien del nombre de su mal, era muy largo y tenía muchas eses y por lo menos tres equis, pero le quedaron muy claras sus consecuencias: en tres meses se le habrían acabado las pajaritas de papel.
Pasó las tres primeras horas de sus tres últimos meses de vida llorando como un niño, pero de repente, una extraña e inquietante idea se abrió paso en su cerebro: Le quedaban tres meses de vida, eso significaba que dentro de tres meses moriría, con lo cual, durante tres meses iba a ser inmortal.
Durante años se han escrito decenas de sesudos estudios filosóficos acerca de este razonamiento de Don Damián, pero no se ha llegado a un consenso. Algunos opinan que este fue uno de los más brillantes silogismos de la historia moderna, otros aducen que el individuo que dijo aquello debía de ser imbécil. Digan lo que digan unos y otros, el caso es que efectivamente Don Damián fue inmortal durante esos tres meses. Este hecho es incontestable, ya que Don Damián no murió hasta que se le pasó el efecto de su estado inmortal, justo tres meses después de que proclamara su indestructibilidad a los cuatro vientos.
Don Damián dedujo que con su nueva cualidad debía ir parejo un nuevo nombre, Javier no era, ni mucho menos, un nombre adecuado para un semidios como él. Así que decidió convertirse en Damián, calificativo mucho más apropiado. Además pensó que aún quedaría mejor anteponiendo la palabra “Don” a este nombre, ya de por si más respetable y con mas clase que Javier. Fue entonces cuando Javier, el humilde y apocado joven, se convirtió en Don Damián, el hombre que sería inmortal durante tres meses.
La segunda sorpresa que se llevó ese día fue la de que además de inmortal era millonario. Al descubrir el tiempo que le quedaba de vida, decidió ir al banco para cancelar todas sus cuentas. Justo después vendió su casa a una inmobiliaria por la mitad de su precio, con la condición de recibir el dinero en el momento, y lo mismo hizo unas horas después con su coche y parte de sus pertenencias. Con todos los billetes en un maletín, se fue a su casa a recoger su ropa y contar su capital. El total, después de treinta y cinco años de ahorro y austeridad, ascendía a cuatrocientos mil euros exactos, lo que le dejaba ciento treinta y tres mil trescientos treinta y tres euros con treinta y tres céntimos, o quizá algo más porque el resultado acaba en periodo, para sus gastos mensuales. Eso significaba que disponía para cada día y durante tres mesas de la nada despreciable cifra de aproximadamente tres mil trescientos treinta y tres euros con treinta y tres céntimos, más el periodo de esos céntimos.
Este descubrimiento le abrumó. Se sentía muy feliz, pero al mismo tiempo notó que sobre sus hombros recaía una inmensa responsabilidad. Durante su “periodo especial”, como él mismo lo denominó, no podía perder el tiempo, ahora sabía que estaba llamado a hacer cosas increíbles que deslumbraran al mundo, al fin y al cabo, si es extremadamente difícil encontrarse con alguien inmortal, lo es mucho más que ese ser único además sea rico, ya que estas cualidades no suelen ir parejas.
Como primer paso en su esfuerzo por dejar huella en la historia me contrató a mí, un humilde aunque próspero panadero, con la finalidad de ir recogiendo testimonio de sus aventuras para las generaciones venideras. Después de mi inclusión en su vida, Don Damián pensó que, ya que nunca se había alejado más de dos kilómetros de su casa, era hora de viajar y conocer otros países. Con esta idea en la cabeza, visitamos la agencia de viajes del barrio. Esta experiencia fue sumamente frustrante para mi patrón, ya que sólo encontró problemas a su plan. Su primera opción era África, el continente negro, el lugar perfecto donde dar rienda suelta a sus ansias de aventura, pero desgraciadamente le advirtieron que dos meses antes de partir debía vacunarse contra toda una serie de peligrosas enfermedades que le podían acechar durante su estancia, a saber: fiebre amarilla, cólera, fiebre tifoidea, hepatitis A, hepatitis B, meningitis meningocócica, poliomielitis, rabia, tétanos, paludismo, tuberculosis, y algunas infecciones más que no me dio tiempo a apuntar. La cara de Don Damián comenzó a cambiar de color al tiempo que escuchaba la relación de enfermedades y sus posibles síntomas, pasó al blanco cuando escuchó fiebre y nauseas, al oír diarreas y vómitos su cara se fue tornando azul pálido, y el verde tornasolado se lo provocaron la insuficiencia renal, deshidratación y la hipopotasemia, de esta última sospecho que no sabía su significado, pero desde luego no se atrevió a preguntar. Ante aquel panorama no podía tomar otra resolución que no fuera la de desistir de ese destino, no podía aplazar dos meses el viaje y, aunque sabía a ciencia cierta que durante tres meses no podía ser muerto por enfermedad alguna, tampoco era cuestión de pasar ese tiempo sudando como un puerco y viendo cómo se deshacían sus intestinos.
La segunda opción fue visitar las praderas americanas y convivir con alguna tribu india. Esta posibilidad era más factible, pero la desechó por su aversión a dormir al raso, Don Damián tenía una piel muy delicada y se le podía estropear con tanto aire puro. Así se siguieron enumerando opciones y mi patrón las fue eliminando una a una. Europa, según decía, era demasiado fácil y poco atractiva para un aventurero como él sin miedo a la muerte, ir a Laponia era una tontería, que sentido tenía realizar cualquier hazaña si nadie podía verla, a Japón y a estados unidos les pasaba lo mismo que a Europa, poco excitantes, y además sospechaba que la comida de allí no sería del agrado de su delicado estómago, demasiada grasa en EE.UU. y mucho pescado crudo en la nación del sol naciente, en Rusia hablaban raro y además hacía demasiado frío, la India ya estaba llena de gente y no tenía ningún objeto el perderse nada más llegar, Australia estaba muy lejos y China, bueno de China solo dijo que estaba lleno de chinos, explicación que nunca llegué a entender del todo, pero que seguro que tendrá una lógica aplastante para alguien con más conocimiento que yo.
Así pasamos la tarde, Don Damián iba rebatiendo todas las opciones del comercial de la agencia con una inteligencia y perspicacia dignas de admirar, hasta que, de malos modos, se nos invitó a salir del establecimiento.
Cansados y tristes, nos fuimos a un bar para pensar en otros retos en los que mi jefe pudiera dedicar sus capacidades. Al llegar, Don Damián estudió rápidamente el lugar y encontró una mesa de su agrado, cerca de la puerta, por si había que salir huyendo al desatarse algún incendio imprevisto, y de cara al camarero, por si este, en un ataque de envidia de sus fantásticas dotes decidía intentar apuñalarnos. No creí necesaria tanta cautela, pero que sabía yo de la vida.
Después de cinco minutos, en los que Don Damián se afanó en limpiar su silla y la mesa con un trapo empapado en desinfectante, estudiamos concienzudamente su caso y las opciones que tenía. El viajar quedaba descartado, el único destino que le agradaba era Benidorm, pero estaba llena de viejos, y algo le decía que no eran de fiar, así que nos centramos en las posibilidades que nos ofrecía nuestra ciudad. Un repentino brillo en sus ojos me advirtió que se la había ocurrido una gran idea. ¡Vámonos de putas!, me dijo.
Mi ciudad es mediana y sólo tenemos una cosa que nos distingue de las demás, ni es ni mucho menos la más lujosa, ni la más poblada, ni la más cosmopolita, pero tenemos el honor de albergar el puticlub más grande del país, y creo que aún de toda Europa. Así que era lógico que Don Damián quisiera comenzar su aventura en un lugar tan emblemático. Nos lavamos concienzudamente y nos dirigimos hacia nuestro destino con la satisfacción de tener un propósito en la vida. Allí nos acogieron con una amabilidad tremenda, sobre todo después de que mi patrón le enseñara a la camarera su fajo de billetes. Enseguida nos encontramos rodeados de cinco bellas señoritas que intentaban agradarnos con sus sensuales acentos internacionales. Después de mucho insistirle, Don Damián me dio permiso para dejarle solo y acompañar a Melissa y Bamby, dos hermosas amazonas rubias, hasta una habitación. Ese error pudo costarme mi trabajo, ya que mientras mi estupidez y mis bajos instintos me distraían de mi importante faena, mi patrón no tardó en encontrar problemas en el piso de abajo.
Después de acabar mi momento de esparcimiento con las dos señoritas, y mientras les insertaba cuidadosamente varios billetes de cincuenta euros en sus escotes, escuché un gran jaleo proveniente del piso inferior. Bajé corriendo y encontré a Don Damián, levantado del suelo por tres hombres fornidos que lo insultaban y zarandeaban. Intenté liberarlo, pero poco pude hacer, en unos segundos me alzaron a mí también, nos sacaron a la puerta y nos lanzaron contra unos cubos de basura.
Cuando logramos recuperarnos del golpe, nos levantamos malheridos y anduvimos tambaleándonos hasta el hospital. Allí atendieron mis heridas. Don Damián rehusó ser curado, ya que su inmortalidad le hacía inmune a las heridas, y además no le hacían demasiada gracia las inyecciones. Después de aquello nos fuimos a su hotel, el más lujoso de la ciudad, que sería su hogar durante los tres meses siguientes. Mientras limpiaba sus heridas con agua oxigenada, me explicó los trágicos acontecimientos que nos llevaron a salir volando del puticlub.
El tiempo y la perspectiva que da la edad me han hecho darme cuenta del porque de la animadversión que causaba Don Damián a cierta gente, es sin duda por culpa de la envidia que produce en los seres inferiores el encontrarse con alguien tan extraordinario. Eso nos condujo a una infinidad de problemas que tuvimos que afrontar mi patrón y yo con valentía y perspicacia. Aquel día en concreto, la estupidez y el disparate convirtieron la agradable charla que Don Damián mantenía con aquellas chicas en un despropósito. Todo comenzó cuando mi guía y protector le hizo a las chicas unas inocentes preguntas acerca del estado de su higiene personal, algo por otro lado completamente lógico, Don Damián era una persona muy escrupulosa y deseaba conocer bien el lugar donde, después de treinta y cinco años, se disponía a introducir por primera vez su más importante apéndice. Estas consultas no debieron sentar muy bien a las damas, ya sea por timidez o por incultura, y montaron gran jaleo, llamando la atención del resto de los clientes. Mi patrón intentó serenarlas haciendo hincapié en su absoluta confianza en la salubridad e higiene sexual de aquellas, pero añadió que con tal elevado número de hombres en la sala, y por pura deducción estadística, se podía afirmar que un gran porcentaje de los presentes no observaban esa pulcritud y desinfección íntima que ellas con seguridad tenían. Eso le llevó a plantearse que, por culpa de un descuido puntual, existía el peligro de que alguno de los miles de bacterias e infecciones que transportaban sus clientes en el vello púbico pasara a alguna de las damas, quedando así a la espera de un incauto como él para saltar al ataque.
Esta disquisición no hizo más que caldear el ambiente, y a las chicas se unieron algunos hombres presentes ofendidos por sus insinuaciones. De nada sirvieron las claras y lógicas explicaciones de Don Damián, se formó un tumulto alrededor de mi pobre jefe, y todos los presentes comenzaron a insultarle. Una chica descubrió su bajo vientre mientras le increpaba, ¡Mira mi chocho, jodio por culo!, ¡está más limpio que tu boca!, un hombre que se encontraba cerca de él le agarró de una oreja y le obligó a arrodillarse y acercar su cara a la vagina de la chica, ¡Mira imbécil!, me la acabo de tirar hace una hora y no hay ni un solo bicho, búscalos a ver si los encuentras. Don Damián, reprimiendo el asco que le producía la cercanía de aquel orificio, pudo continuar con su exposición, alegando que el no temía por si mismo, ya que nada debía temer gracias a su estado inmortal, lo hacía por la posibilidad de contagiar a su vez a una tercera persona, y vivir luego con los remordimientos de haber cometido un acto tan infame. Según me comentó, la chica no debía de conocer el significado de la palabra infame, puesto que nada más oírlo montó en cólera. ¡Infame mi coño!, infame lo será tu puta madre. La prostituta comenzó a patearlo con sus botas de leopardo y, acto seguido, la siguieron en resto de los presentes. Lo demás ya es conocido, entraron los gorilas del establecimiento a poner orden y nos sacaron a rastras del local.
Aquella noche fue triste, pero no nos amilanó. Don Damián y yo todavía teníamos muchas aventuras que vivir.


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Héctor Gomis
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