lunes, 1 de febrero de 2010

26 - María Graciela

María Graciela se jactaba de ser una persona muy consecuente, por eso, después de haberle repetido a su hija en numerosas ocasiones que ella de mayor podría ser lo que quisiera, y ante la tajante respuesta de la pequeña: Mamá, yo de mayor quiero ser un pulpo, María Graciela besó con cariño a su niña y salió a comprarle una pecera para que fuera entrenándose.



Héctor Gomis

sábado, 12 de diciembre de 2009

25 - La primera vez

¿Cómo es el mar?, preguntó el abuelo mientras yo arrancaba el coche.
Es azul, le respondí.
¿Y qué más?, ¿cómo es de grande?
Es lo más grande que haya visto, no se termina nunca.
Ah…, debe ser increíble.
Lo es, abuelo, lo es.

Aceleré el motor y nos fuimos de la residencia a toda velocidad.
Salimos de Madrid a las diez de la noche. Si todo iba bien no se darían cuenta de su desaparición hasta la mañana. Tiempo suficiente para nuestros planes.

¿Cómo está, abuelo?, ¿necesita algo?
No, estoy bien. ¿Cuándo veré a Carmencita?
¿Quién es Carmencita?
Pues mi mujer, ¿Quién va a ser?, ¿Cuándo la veré?
La verá pronto. No se preocupe.

En el maletero llevaba ropa y alimentos para un par de días. No pensaba que fuera a surgir ningún problema, pero no estaba de más el ser precavido. El abuelo estaba excitado, se notaba fuera de su rutina y eso le alteraba, pero no estaba mal, al contrario, estaba más feliz que en los tres meses que lo había conocido.

¿De que marca es tu coche?
Es un Toyota.
¿Y eso que nombre es?
Es japonés.
Ah…
Yo tenía un Pegaso.
¿Un camión?
Si. Era blanco, y mi Carmencita le pintó unas rayas rojas a los lados.
¿Para decorar?
No, por el Atlético.
Bonito detalle.
Si, fue el año que ganó la supercopa de Europa.
¿Y cuando fue eso?
Pues no recuerdo. Mi memoria ya no es la que era.
Tranquilo, a todos nos pasa.
¿Y te fuiste hasta Japón para traer tu coche?
No, abuelo. Los venden aquí.
Madre mía. Yo no he visto nunca un japonés, sólo en la tele. Una vez vi un negro.
¿Y que le pareció?
Pues no me pareció ni bien ni mal. Se presentó un día en el pueblo, y recuerdo que me preguntó si había trabajo disponible. Yo le dije, hijo mío, aquí siempre hay trabajo para quien quiera trabajar, y le mandé a mi cuñado, que tenía unos viñedos y siempre buscaba brazos fuertes. Me dijo que se llamaba Emmanuel, pero todos le acabamos llamando Manolo.

No podía evitar sonreír con sus comentarios. Disfrutaba con la compañía del abuelo. Realmente era feliz a su lado, y me importaban poco las consecuencias de nuestra escapada.

¿Qué hora es?
Son las once y media.
Jejeje, y yo aún no me he ido a la cama. A la señora Reme le va salir humo por las orejas cuando se entere.
Hoy no tendrá que preocuparse de la señora Reme. Hoy está conmigo.
Me alegro mucho, me lo estoy pasando muy bien contigo. Pero no te olvides de que no puedo tardar mucho en volver. Si tardo mucho Carmencita se asustará. No puede dormir si no estoy a su lado.
No se preocupe. Hoy es un día especial. Carmencita lo entenderá.
¿Si?, ¿por qué es especial?
Porque va a ver el mar.
Ah…, debe ser increíble ver el mar. Cuando vuelva le contaré a Carmencita como es.
Eso, y si quiere puede sacar algunas fotos para enseñárselo.

La carretera estaba despejada y pronto llegamos a Albacete. El abuelo pasó todo el camino mirando embobado por la ventanilla.

¿Eso que son?
¿El qué?
¿Esos palos grandes?
Son molinos de viento.
¿Para el grano?
No, estos son más modernos. Fabrican electricidad.
Ah… Yo trabajé en un molino. Pero fue hace años, aún no conocía a Carmencita. En esa época se usaba para moler el trigo.
Ya, eso era antiguamente. Ahora la tecnología ha adelantado mucho, y los molinos transforman la fuerza del viento en electricidad.
¿Y ahora como se muele el trigo?
Con máquinas más modernas.
¿Y cómo funcionan esas máquinas?
Pues con electricidad me imagino.
Entonces seguimos igual que antes.
Jejeje. Tiene toda la razón.

El abuelo me indicó que necesitaba bajar para orinar. Paré en un área de servicio, y le dije que le esperaría en el bar. Media hora después, al ver que no aparecía, fui a buscarlo. Lo encontré sentado en el suelo al lado de la puerta del aseo.

¿Está bien, abuelo?
No se donde estoy. Hace un momento estaba en mi habitación, pero ahora no. No entiendo que ha pasado. ¿Dónde está Carmencita?
Carmencita le está esperando en casa. Hemos salido a dar una vuelta, ¿no lo recuerda?
Ah…, a ver el mar, ¿no?
Exacto.
Ahora lo recuerdo. ¿Queda mucho para verlo? No quiero que mi mujer se impaciente.
No se preocupe. Carmencita le esperará lo que haga falta.

Salimos del área de servicio y nos pusimos de nuevo en marcha. Hacía un poco de frío, pero el abuelo no quiso que subiera la ventanilla ni que conectara la calefacción.

Déjate de calefacción. Ya me tuestan bastante en la residencia. Aquello parece un invernadero. Un hombre necesita sentir frío lo mismo que sentir calor, al igual que se necesita sufrir la tristeza para disfrutar la alegría. Es absurdo que nos mantengan protegidos en una burbuja.
Es por su salud, abuelo. Para que no se constipe.
Me he constipado miles de veces en mi vida. No se por qué me protegen ahora como si fuera un crío.
Nos preocupamos por su salud. A su edad es delicada.
Pues de algo tendré que morir, digo yo. No voy a estar aquí para siempre. Además, ya me va tocando. Tengo ganas de volver a ver a mi Carmenci…

La voz del abuelo se quebró y sus ojos se empañaron. Intenté disimular la lástima que me producía y cambié de tema.

¿Y su hijo? ¿Cómo está?
Está muy bien. Es de los primeros en la escuela. Me ha dicho que quiere ser abogado.

Se equivoca, abuelo. Su hijo acabó la carrera hace muchos años. Ahora es un gran abogado, tal como le dijo. Es una persona muy importante.
Ah…
¿Está orgulloso de él?
Mucho, siempre ha sido un hijo fantástico, igual que tú.
No abuelo, yo no soy hijo suyo. Yo trabajo en la residencia donde vive.
Es verdad. Que cabeza la mía. Trabaja con la señora Reme, ¿verdad?
Si.
Pero tú me caes mejor que ella.

Ya habíamos llegado a la playa, pero desde donde estábamos no se veía el mar al taparlo las dunas. Paré el coche y bajamos. No le dije nada al abuelo, quería que lo descubriera de repente, como cuando yo lo vi de niño por primera vez.

¿Dónde estamos?
Es una sorpresa abuelo.
Ah…

Al pasar las dunas vimos el mar. Al abuelo se quedó paralizado nada mas verlo.

Si que era grande.
¿A que si, abuelo?
Y es tan azul como me dijiste.
Si.
¿Qué le parece?
No se que decirte. Es lo más grande que he visto nunca.
¿Le gusta?
Mucho. A estas alturas de mi vida, pensé que ya no lo vería.
¿Está contento?
Muy contento.

Estuvimos en aquella playa más de dos horas. El abuelo no volvió a abrir la boca en todo el tiempo, solamente miraba al mar y sonreía. Cuando el sol apareció entre las olas, el abuelo comenzó a aplaudir. Estuvo así veinte minutos. Luego se levantó y se dirigió al coche.

¿Volvemos a casa?
Si, abuelo.

Cuando ya habíamos recorrido treinta kilómetros dirección Madrid, se me ocurrió una idea estúpida. Di media vuelta y lo llevé de nuevo a la playa. Tal como me imaginaba, el abuelo se emocionó del mismo modo que la vez anterior. Una hora después, volvimos al coche, dí unas vueltas y lo llevé otra vez a la playa. Así estuvimos todo el día, y en todas y cada una de las ocasiones vio el mar por primera vez en su vida.


Héctor Gomis

viernes, 11 de diciembre de 2009

24 - El autobús

El autobús estaba abarrotado y yo luchaba por mantener la verticalidad frente a un grupo de ancianas que aporreaban mis testículos con sus bolsas de la compra. El recorrido solía durar unos treinta y cinco minutos, pero el calor y la incomodidad me lo hicieron parecer mucho más largo. Casi podía notar como el tiempo se hacía viscoso por momentos y frenaba su ritmo hasta casi detenerse. Me concentré en recordar una canción que me cantaba mi padre de niño. Entrecerré los ojos y apliqué mi mente en la tarea de revivir su melodía. Eso me distrajo ligeramente del exterior, y olvidé por unos instantes el dolor de riñones y las gotas de sudor que bajaban por mi cuello. Luego pensé en mi padre. En mi padre y en sus extrañas teorías.
El tiempo es flexible. Eso me decía cuando me veía aburrido. Hay momentos en los que transcurre muy veloz y los minutos apenas se perciben, y en cambio en otros, los segundos se eternizan en su camino y nos desesperamos con su lentitud.
El autobús se detuvo y la pérfida banda de viejas destrozatestículos bajó en tropel. Aspiré hondo, y disfruté del pequeño intervalo de bienestar que tenía hasta que volvieran a acorralarme los nuevos viajeros. Duró poco, lo que dura un pestañeo. Enseguida se volvió a ocupar todo el espacio con otros cuerpos, y de nuevo el tiempo volvió a frenarse.
Durante el resto del trayecto escuché las conversaciones de mis vecinos, y así me enteré de que el señor calvo situado a mi espalda no estaba nada conforme con su sueldo y se planteaba dejar su trabajo, y que la niña apoyada en la ventana había suspendido tres asignaturas y no tendrá vacaciones este verano, y también que la mujer de mi derecha ya no quería a su marido, aunque, como le decía a su amiga, se casaron hasta que la muerte los separara y le tocaba aguantar con él toda la vida.
El tiempo seguía arrastrándose indolente, y yo notaba la tensión de todos mis músculos esforzándose por mantener la posición. Vi como el hombre que tenía enfrente mascaba chicle despacio, muy despacio, y como después de un rato se lo sacó de la boca y lo pegó en una barandilla. Una mujer que lo vio, se lo comentó a su compañera, y las dos le dedicaron unas miradas de desaprobación. Yo, mientras observaba a mis vecinos, me imaginaba que si existía un infierno debía de ser como aquel autobús lleno de gente. Un autobús abarrotado, con un ambiente pegajoso, que nunca llegara a su destino y diera vueltas y vueltas sin cesar.
Por fin llegué a mi parada. Avancé a codazos hasta la puerta y conseguí salir. Al bajar a la calle, crucé la mirada con una mujer. Era morena, de ojos grandes y negros, y su cara, sin ser una cara conocida, me recordaba momentos de mi infancia. Su imagen me transportó a kilómetros de allí, a un lugar feliz donde nunca había estado, y me provocó bienestar. La mujer estaba hablando con una amiga, y reía sin parar. Al verme, me dedicó una sonrisa amable y subió al autobús.
Vi partir al autobús, y escudriñé entre sus ventanas por si conseguía localizar a la mujer. Al final la vi. Estaba apoyada en el ventanal y me miraba. La despedí moviendo la mano, y ella me correspondió haciendo lo mismo.
 El tiempo es flexible, lo difícil es controlarlo, eso pensé mientras la perdía de vista.




Héctor Gomis
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martes, 1 de diciembre de 2009

23 - Cinco sueños

El primer sueño especial fue hace tres meses. Cesar tuvo un sueño lúcido, de esos en los que uno es consciente de estar soñando, y permiten realizar en ellos cualquier cosa que se desee.
En su sueño también apareció Sara, su mujer. Cesar, quizá movido por una curiosidad morbosa, aprovechó la situación para preguntarle a Sara las cosas que nunca se hubiera atrevido a preguntarle en la vida real. Así, Cesar indagó sobre el pasado de su mujer, interesándose particularmente en los primeros hombres con los que ella estuvo, y Sara fue clara y sincera en sus respuestas. Según el sueño, había estado con cuatro hombres, tres de ellos fueron inocentes escarceos juveniles, pero el cuarto fue algo más.

El segundo sueño lo tuvo dos semanas después. En él, Sara le recriminó que siguiera el interrogatorio, y lo invitó a hacer el amor y olvidarse de tanta pregunta. Cesar no aceptó, así que Sara pacientemente continuó respondiendo a sus cuestiones. En este sueño, Sara fue muy explícita, y le habló a Cesar de todos los encuentros íntimos que tuvo con el cuarto hombre. A pesar de los ruegos de Cesar, Sara se negó a decir el nombre de esa persona.

Entre el segundo y el tercer sueño, Cesar comenzó a obsesionarse con aquel hombre. Aunque el sentido común le advertía de lo estúpido de sus preocupaciones, no podía evitar sentir celos de alguien que solo existía en sus sueños. En su día a día disimulaba delante de Sara, pero la imagen de aquel hombre desnudando y acariciando a su mujer le quemaba el alma. Sara no notó nada extraño en Cesar esos días.

En el tercer sueño, Sara, ante la insistencia de su marido, le dijo el nombre de su antiguo amante. Se llamaba Bruno.

Un día, entre el tercer y el cuarto sueño, Cesar encontró una caja de cartón con antiguas fotos de su mujer. Las ojeó y separó todas las imágenes en las que su mujer aparecía en compañía de un hombre. Apartó veinte. De ellas, tras una segunda revisión, se quedó sólo con las más actuales, de hacía diez años aproximadamente, unos años antes de que él y Sara se casaran. Quedaron cinco. De esas cinco fotos, en tres estaba con el mismo tipo. Se quedó con esas y las demás las guardó.
Mientras observaba la cara del sujeto, la ira fue adueñándose de él. Seguro que este es Bruno, pensó, este es el malnacido que enamoró a mi mujer.
Cesar Rompió dos de las fotos, y una se la guardó en el bolsillo de su chaqueta.

En el cuarto sueño, Cesar pudo ver, por el agujero de una cerradura, cómo Bruno y Sara hacían el amor en su habitación. Cesar no pudo hacer nada para evitarlo. Su cuerpo se quedó pegado al suelo y su lengua cosida al paladar. Los gemidos de Sara se le clavaron en el corazón.

Entre el cuarto y el quinto sueño, Cesar se empezó a mostrar esquivo con Sara. Cuando su mujer intentaba averiguar el por qué de su extraño comportamiento, no recibía más que vagas excusas. Sara empezó a preocuparse.

Hace escasos segundos que Cesar se despertó del quinto sueño. Lo que vio y escuchó durante el sueño le provocó mucho dolor, dolor y repugnancia. Aunque sabe que todo es producto de su mente, para él todo ha sido tan real como cualquier otro capítulo de su vida. Cesar no puede más. Si no hace algo pronto se volverá loco. Ama demasiado a su mujer para soportar el suplicio de verla en los brazos de otro hombre, aunque sea en sueños.

Dentro de media hora, Sara se despertará y descubrirá que su marido ha hecho las maletas y se ha ido. Minutos después, encontrará una extraña nota de despedida.



Héctor Gomis


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viernes, 27 de noviembre de 2009

22 - A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean

Mi tío estaba loco. Esa era la única explicación que me dieron cuando me prohibieron volver a verle. Yo tenía seis años, él treinta y tres. Hace cuarenta años de aquello.

Mientras dirijo mi coche por el camino pedregoso que lleva hasta su pueblo, repaso los últimos acontecimientos de mi vida.

- Acontecimiento 1: Mi mujer me dejó hace seis meses
- Acontecimiento 2: Mis hijos no me soportan desde que pasaron la adolescencia
- Acontecimiento 3: Mi trabajo es una mierda
- Acontecimiento 4: Este, más que un acontecimiento, fue una sensación. Pasó hace un mes. En la playa. Vi a un hombre sacando un pulpo del agua, y una vez en la arena, metió una mano por el hueco de su cabeza y le dio la vuelta como a un calcetín. De repente, lo que estaba dentro pasó a estar fuera y lo de fuera a dentro. Era el mismo animal, pero completamente distinto. Imaginé que en ese momento el pobre bicho podría verse por primera vez a si mismo. Imaginé lo que sentiría, y descubrí que yo sentía lo mismo. Estaba vuelto del revés. Desde hacía años. Por eso no veía más que mi interior. Por eso no me gustaba lo que veía. Por eso a nadie le gustaba lo que veía en mí. Porque lo que veían no estaba en su sitio.
- Acontecimiento 5: Hace cinco años recibí una carta de mi tío. El loco. El ermitaño de las montañas. El hombre peligroso a quien me prohibieron volver a ver. La carta tenía una casita dibujada a lápiz, una casita y una sola palabra. “HOLA”, se mostraba en letras mayúsculas.
En su momento metí la carta en el fondo de un cajón y me olvidé de ella. Pero hace una semana la vi de nuevo. Estaba buscando unos documentos que me había pedido mi exmujer, y por casualidad la encontré. La volví a leer, y noté algo raro en el papel que no había apreciado la primera vez. Debajo de la palabra “HOLA”, se veían unas líneas marcadas en la hoja. Cogí un lápiz y raye con cuidado la zona. Apareció una nueva palabra: “CARABOLA”.
“HOLA CARABOLA”. En ese momento recordé que así me llamaba de pequeño, y también recordé su costumbre de dejar mensajes secretos en papeles para que solo yo los descubriera. Me enterneció. Realmente estaba loco, pero no se había olvidado de mí. Yo si que lo había hecho. Lo hice hace muchos años. Hasta ese día no había vuelto a pensar en él.

Hola carabola, me decía, y yo le respondía, buen día carasandía.

Ya queda menos de un kilómetro para llegar y algo se me remueve en las tripas. Estoy emocionado por el reencuentro, y no se realmente porqué. ¿Qué puedo esperar de un viejo loco que sigue mandándome los mismos mensajes de cuando era niño?, ¿me reconocerá siquiera, o se habrá quedado con la imagen del pequeño rechoncho y alegre que dejé de ser hace siglos? Tengo la seguridad de que necesito verlo, de que puede ayudarme a reencontrar algo mío que perdí y no volví a recuperar desde mi niñez. Quizá, ya que estoy del revés, estar con un loco me haga darme cuenta de lo que es estar del derecho. Suena estúpido, y seguramente lo es, pero tampoco tengo nada que perder. A lo peor veré un anciano medio atontado y balbuceante que ni me reconocerá, pero al menos le habré hecho la visita a un pariente. Mi buena acción del día.

Ya he llegado al pueblo, sólo me queda localizar su casa. Se que está apartada del resto, sola en medio de las montañas.
Pregunto por mi tío a un niño que veo jugando en la calle.
- ¿Aquiles?, claro que lo conozco. La casa de mi tío Aquiles está siguiendo el camino. Cuando veas el árbol, para el coche y sigue andando. Al tío Aquiles no le gusta el ruido de los coches.
- ¿Qué árbol? Aquí hay millones de árboles.
- No te preocupes, lo reconocerás enseguida. No habrás visto ninguno igual en tu vida.
- De acuerdo, muchas gracias. Hasta luego
- Hasta luego caraborrego.

Arranco el coche y continúo la marcha. Caraborrego me ha llamado, y ha dicho que es su tío Aquiles. Se ve que se le dan bien los niños a mi tío. Debe de ser el tío de media comarca. En fin, cosas de los pueblos.
A mitad del camino veo a una mujer. Paro a preguntarle a ella, espero que su explicación sea más clara que la del niño.
- ¿El tío Aquiles? Claro que lo conozco. Si quieres me subo contigo y te indico, yo iba a su casa ahora.

La mujer se ha subido al coche. Lleva un vestido corto y no puedo evitar desviar la mirada hacia sus muslos. Debe tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Carnes duras y generosas. Buen escote. Ojos castaños. Huele a hierba y sudor.
- ¿De que conoce al tío Aquiles?, me pregunta la mujer.
- Soy su sobrino.
- Jajaja. No le he preguntado eso. Aquiles es el tío de todos aquí. Le pregunto de qué lo conoce.
- Es el hermano de mi madre. Hace muchos años que no lo veo. Desde que era pequeño.

Le ha cambiado la expresión a la mujer. Me mira triste.

- Lo siento, no sabía que eras su sobrino “de verdad”. No sabíamos que tuviera familia. Nunca vino nadie de fuera a verle.
- Ya, desde su enfermedad me prohibieron visitarle.
- ¿Qué enfermedad? Aquiles siempre estuvo más sano que una manzana.
- Su enfermedad mental, ¿cual va a ser?
- Jajaja, que estupidez más grande. No he conocido hombre más lúcido en mi vida. ¿Quién te dijo esa tontería?
- Mi madre, cuando yo tenía seis o siete años. Y me dijeron que no debía verle, que era peligroso.
- No te diré nada malo de tu santa madre que, como decía Aquiles, son el principio de todo, y además no la conozco, pero desde luego te mintió. Tu tío es la mejor persona que he conocido en mi vida.

Esto empieza a ser extraño. Desde luego, lo que oigo no tiene nada que ver con la idea que tenía en mi mente sobre mi tío.

- Ya hemos llegado. Aquí está el árbol.

El chico tenía razón, no hay posibilidad de equivocarse de árbol, no debe de haber otro igual en el mundo. Es una encina pequeña, de apenas tres o cuatro metros, y de sus ramas cuelgan decenas y decenas de libros. Los libros están sujetos con finas cuerdas a las ramas. Si me alejo un poco, puedo ver como sus hojas cubren la parte superior, mientras que la inferior está completamente vestida con una tupida capa de libros.

- Es el árbol donde nacen los libros, me dice la mujer. Aquiles les dijo a los niños que algunos libros, los más hermosos, venían directamente de los árboles.
- Pero eso es mentira. ¿Cómo le permitisteis que les hiciera creer eso?
- No lo hicimos. Otros padres y yo fuimos a quejarnos. Y nos dijo que se puede mentir, siempre que uno se comprometa a convertir en verdad la mentira. Por eso, desde entonces, los libros van creciendo en el árbol, tal como dijo. Primero son pequeños libros de apenas el tamaño de una nuez, son todos verdes y no se pueden coger aún, A los meses aparecen los libros de bolsillo, que según Aquiles, se pueden hojear pero no arrancar, y en Febrero, temporada de recogida de los libros, se reúne a los niños del pueblo y estos cogen con cuidado sus libros y cuentos ya maduros.
- Pero aún así sigue siendo mentira. No debería hacerlo.
- Mira, verdad o mentira. Desde que llegó tu tío al pueblo, todos los niños esperan ansiosos el uno de Febrero para poder recoger sus libros y leerlos. Y eso, te lo aseguro, en los tiempos que corren es un milagro.

Me acerco al árbol e intento coger uno de los libros.

- Aún no, niño impaciente, me dice la mujer con una sonrisa. Aún están verdes. Tendrás que esperar como todos a que llegue Febrero.

Avergonzado, la sigo por el sendero hasta la casa. El sendero está rodeado de árboles. Es angosto y zigzagueante. Al final se ve la casa. Es igual a la del dibujo de la carta. Una cabaña de madera pintada de blanco. Con una enorme bandera blanca enganchada en la fachada.

- Es por el estado de ánimo, dice la mujer adivinando mis pensamientos.
- ¿Cómo?
- Aquiles decía que el mundo sería mejor si supiéramos más los unos de los otros, así evitaríamos los cotilleos y los malos entendidos. Decía que liberaba no tener ningún secreto que esconder.
- Perdona, sigo sin entender nada.
- Te pongo un ejemplo. Un día, hace muchos años, Aquiles se enamoró de la nueva profesora del pueblo. En cuanto se los vio juntos paseando de la mano, comenzaron los rumores. Que si era mayor para ella, que si ella le quería por su dinero, que si el había tenido otra mujer antes y la había abandonado años atrás, que si no pensaban casarse, y mil cosas por el estilo. Cuando se enteró del revuelo, se enfureció. Entró al ayuntamiento, subió hasta el segundo piso y salió al balcón. Llamó a gritos a todos los vecinos, y cuando nos tuvo a todos reunidos en la plaza del pueblo, comenzó a contarnos todos los secretos que guardaba desde niño. Las novias que tuvo, la vez que con quince años espió a su prima mientras se desnudaba, otra ocasión en que lo pillaron robando con diecisiete y que le causó la mayor vergüenza de su vida, y también habló de la gente que le caía bien y la que no, las cosas que le gustaban y que no le gustaban de cada uno de nosotros, y hasta sus gustos sexuales expuso delante de todos los presentes, esto último hizo que el párroco palideciera y se desmayara, y que a más de una mujer le subiera un calorcito por las piernas y se le enrojeciera el rostro. En fin, todo esto dijo, y cuando acabó su exposición, declaró su amor por la profesora a los cuatro vientos, y añadió que lo que pensaran los demás le traía sin cuidado. Nos dejó a todos boquiabiertos, y por supuesto no volvieron a haber chismorreos sobre su vida.
- Increíble. Vaya hombre. Y todo esto me lo había perdido hasta ahora. ¿Y la bandera por qué es?
- Ese mismo día, enfadado como estaba. Colgó una bandera roja de la fachada de su casa. No quería ver a nadie y así nos lo dejó claro. Hay cuatro banderas. La roja que te he dicho para cuando no quiere ver a nadie cerca, la blanca cuando está de buenas, la azul cuando está triste y quiere que el que la vea se acerque a hablar con él, y la verde, la verde, jejeje, la puso para seguir espantando a los meapilas del pueblo, la verde la ondeaba cuando estaba teniendo sexo, solo o acompañado.
- Jejeje, vaya hombre. Es todo un personaje.
- Desde luego que lo era. Cuando vino a vivir al pueblo yo era una niña. Todos los días iba a su casa y él me contaba alguno de sus maravillosos viajes por la india o por África. Me hablaba de los monos que conocía, que allí eran su familia, y de lo que hablaba con ellos.
. ¿Y tú te tragabas todo eso?, menudo embustero.
- jajaja. Mi madre también me decía lo mismo, y yo le respondía igual que te responderé a ti, ¿alguna vez has intentado hablar con un mono?
- Pues no, que tontería.
- Por eso no hablan contigo, los animales son muy educados y algo tímidos, solo hablan a quien previamente les pregunta algo. Yo tengo un perro, y te aseguro que mantenemos conversaciones mucho más coherentes que las que tengo con mi marido.
- jeje, puede que tengas razón.
- ¿Y te contó algo más?, ¿te habló de su familia?
- No, ese era un tema que le entristecía mucho. Él decía que su familia era quien le quisiera, por eso se convirtió en el tío Aquiles, el tío de quien lo quiso.
- Perdona tanta pregunta, se que estoy siendo muy pesado.
- Al contrario, es un placer, pregunta lo que quieras.
- ¿Por qué hablas de él en presente algunas veces y otras en pasado?
- Sigamos caminado, ya casi estamos, me dice haciendo oídos sordos a mi pregunta.

Entramos en la casa. Es extrañamente acogedora. Tiene todo tipo de objetos exóticos colgados por las paredes, apoyados en los muebles o guardados en vitrinas. Miro de cerca uno, una especie de cuerno de rinoceronte. Al revisarlo bien descubro que no es de verdad, está tallado en madera.

- Este cuerno  lo trajo de África, dice la mujer mientras me observa con interés. Desapareció del pueblo de repente, y unos días después volvió vestido de cazador, con dos escopetas enormes al hombro, y ese cuerno colgado de la espalda. Nos contó que se había ido de safari a despejar su mente.

Hay decenas de objetos igual de extraños dispersos por el salón, y la mujer me va contando la historia de cada uno de ellos. Las recuerda todas, y se le ilumina la cara cada vez que me habla de ellos. Yo no la contradigo, pero se que todos esos objetos los debió hacer él mismo, o quizá los compró en alguna estrambótica tienda de objetos usados.
Las historias que me cuenta la mujer son deliciosas. Poco importa que sean mentira, las disfruto igual que un niño.
Estoy deseando conocer a mi tío.

- Estas flechas se las regalaron una tribu de indios del amazonas, me dice sosteniéndolas temblorosa. Esos indios, según me contó tu tío, eran los más valientes guerreros de América. Me dijo que un día, tristes porque acababa de morir su jefe, el más anciano y sabio del poblado, decidieron en asamblea que ya no querían volver a ver morir a ninguno más de sus miembros. Así que, a través de su hechicero, hablaron con la muerte y la convencieron de que, a cambio de no traer más niños al mundo los dejara en paz. Para la muerte era muy importante seguir manteniendo el equilibrio, si no se iba nadie, tampoco podía venir nadie nuevo. Sellaron el pacto con una serie de ritos mágicos, y desde entonces no murió nadie más, ni nació nadie más. Las dos partes cumplieron su trato durante años. Aquiles lo verificó en sus periódicas vistas al poblado. Tu tío iba envejeciendo poco a poco, y en cambio, por ellos no pasaba el tiempo, seguían todos igual de fuertes y jóvenes, pero cada vez los veía más apagados, sentía que les faltaba la alegría, estaban como un poco muertos por dentro, cada vez con menos ilusión por el mañana, con menos ganas de vivir. En su última visita, años después, algo había cambiado. En sus caras y su piel se reflejaba al fin el paso de los años. Habían perdido la fuerza de la juventud, pero habían recuperado el brillo en sus ojos. Estaban viejos, pero felices. Ante la extrañeza de tu tío, le contaron que un par de estaciones después de su última visita, una mujer los reunió a todos y les dijo que deseaba tener un hijo sobre todas las cosas, vivir eternamente no le compensaba si para ello tenía que renunciar a saber lo que era criar a su hijo y verlo hacerse un hombre, y para ello estaba dispuesta a morir después si era necesario. Resolvieron en preguntarle a la muerte si le daba permiso para hacer una excepción en su caso, y esta les dijo que podría hacerlo ella y quien quisiera, siempre y cuando aceptaran después el orden natural de la vida. Un hombre viene y otro tendrá que irse cuando venga su momento, les dijo. Así lo hizo la mujer. Tuvo un niño, y fue feliz criándolo y viendo como se convertía en hombre, y el resto de miembros de la tribu envidiaron su felicidad durante años. Cuando le preguntaban si no tenía miedo a morir, ella señalaba a su hijo. Míralo, es mi niño, y pronto será un hombre, yo vivo en él, y viviré siempre en él y en sus descendientes. Con el tiempo, el resto de las mujeres y los hombres decidieron seguir su ejemplo, y así, en poco tiempo volvió la alegría al pueblo. Y, aunque la muerte volvió a aparecer por el poblado de nuevo, esta vez los designados a morir, así como sus familiares, la esperaban tranquilos y felices. Sabían que gracias a que eso pasaba, sus hijos habían podido nacer, y que en ellos vivirían para siempre. Desde entonces son los guerreros más valientes de América, pues ninguno tiene miedo a morir.
- Una historia preciosa, amiga mía, pero sabes que es totalmente mentira, ¿verdad?
- Das demasiada importancia a la verdad. A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean.

La mujer ha empezado a llorar.

- Tu tío me contó esta historia cuando mi madre murió. Y me hizo sentir mejor, me hizo superar el peor momento de mi vida con un simple cuento. Una mentira, quizá lo fuera, pero para mí fue verdad, fue la verdad más importante que me han dicho en mi vida. Cuando acabó de contarme la historia, me regaló estas flechas. Me las dio para que yo fuera igual de valiente que aquellos indios y no temiera a la muerte.

Sinceramente, no se que decirle. Creo que lo mejor es dejarla llorar tranquila. Mientras, camino por la casa repasando cada detalle. No había estado nunca aquí, pero todo me parece familiar, cercano. Los colores, los olores, el sonido del viento atravesando los árboles que se cuela por la ventana. Todo esto ya lo conocía, y si no es así, así lo siento.
Cojo un libro de la estantería. Cyrano de Bergerac. Al leer el nombre en su lomo no pude resistirme a hojearlo. Este libro me marcó de joven. Una historia triste, como lo suelen ser las más hermosas. Las tres últimas páginas están arrancadas. En su lugar hay unas nuevas, escritas a mano y pegadas al libro. Las leo. Mi tío cambio el final. En el suyo, Cyrano consigue esquivar el ataque de sus enemigos, salva su vida, y después, venciendo su temor al rechazo,  se declara a su prima consiguiendo su amor, y vivieron felices y comieron perdices para siempre.
A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean. Eso dijo la mujer hace un momento. Como me gustaría que fuera cierto.

- Cada objeto de esta casa tiene una historia, y cada uno de ellos fue regalado por tu tío a alguno de sus sobrinos y sobrinas del pueblo.
- ¿Conoces todas esas historias?
- Si, y no he olvidado ninguna. Pero ya te contaré el resto más adelante. La mujer de tu tío está arriba. Seguro que le gustará conocerte.
- ¿La maestra?
- Si. Está en el balcón esperando que Aquiles vuelva.
- ¿De donde tiene que volver?, ¿no está en el pueblo?

La mujer comienza a andar hacia las escaleras sin responderme. Yo la sigo. Arriba me presenta a la maestra. Nos encontramos en un gran balcón al que se accede desde la habitación. La amante de mi tío no me mira. Está pendiente del camino. Tampoco habla apenas. Sólo se ha dirigido a mí para saludarme. Es la mujer la que mantiene el peso de la conversación. La maestra es más joven de lo que pensaba. Apenas tendrá uno o dos años más que yo. Cuando se conocieron ella debía ser muy joven, y él, calculo que tendría más o menos mi edad actual. Tengo demasiadas dudas para seguir callado más tiempo.

- ¿Y cuando cree que volverá mi tío?, estoy deseando conocerle.

Las dos mujeres se vuelven a mirarme. He metido la pata. A la amante de mi tío se le empañan los ojos.

- No lo se, hace cinco años se fue a uno de sus viajes a la India, y suele tardar en volver cuando va tan lejos. Pero seguro que volverá pronto, y traerá otra de sus estúpidas alfombras voladoras, y a esta tampoco la hará funcionar. Siempre se olvida de traer las instrucciones.

Después de decirme eso, la profesora se apoya en la barandilla y se olvida por completo de nosotros. La mujer estira de la manga de mi camisa y me lleva al primer piso.

- Lo siento mucho. Pensaba que hoy estaba de buenas, por la bandera blanca. Pero esta claro que no deberíamos de haber venido.

Salimos de la casa y nos paramos en el claro del bosque. Me siento perdido. La mujer me abraza y me besa en la frente. Ahora me siento acogido, como un niño.
Llevo un rato llorando, pero no me había dado cuenta hasta ahora.

- Tu tío te quería. Te quería mucho. Te quiso tanto que necesito a todos los niños del pueblo para sustituirte.
- Lo se, respondo.
- También sabes que no se fue a la india, ¿verdad?
- A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean, ¿no?
- Exacto.

La mujer rechaza mi ofrecimiento de llevarla de vuelta en el coche. Me dice que prefiere caminar. Arranco el motor y me pierdo entre las encinas.

En Febrero volveré para la cosecha.


Héctor Gomis
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